Rodeada de plantas de interior en flor y de White Socks, un gato anaranjado de patas blancas, la cuidadora Irma Luz López, conocida como Malu, se refrescaba del calor de Las Vegas en el sofá junto a Diane Wohlman, quien fue su clienta. Entre recuerdos y risas, ambas hablaron de cómo se conocieron, de sus salidas a cenar y de sus recorridos por la ciudad.
“Ella siempre me traía algún detallito”, dijo Wohlman.
A Wohlman le encantaba que Malu le trenzara el cabello y recordó uno de sus momentos favoritos: cuando le regaló a López un vestido morado de su armario para que lo usara en un evento formal de trabajo.
“Ella también siempre me sorprendía”, dijo López.
López cuidó de Wohlman, una exempleada del sector de convenciones, mientras recuperaba fuerzas después de sufrir un derrame cerebral. Durante más de dos años, la atendió por las noches y se aseguraba de que se despertara a las 5:30 de la mañana para tomar el autobús a sus citas de fisioterapia. López la ayudaba a cocinar, ducharse y levantar objetos en la casa. Eso fue antes de que Wohlman perdiera la cobertura debido a un cambio en su seguro.
“Si no hubiera sido por Malu, no sé, ella hizo posible que pudiera seguir viviendo en mi casa”, dijo Wohlman.
López siempre se había dedicado a cuidar de otras personas. En busca de una vida mejor, emigró a Las Vegas hace más de tres décadas desde Los Mochis, Sinaloa, México, junto con sus dos hijos. Allí había sido propietaria de dos farmacias con su exesposo. Ella dice que lo más importante para ella es dar esperanza a las personas.
“En la cultura mexicana, ahora mexicano-estadounidense, en nuestra cultura, siempre consentimos a quien está enfermo en la familia. Lo consentimos hasta que se recupera, y también a los adultos mayores”, dijo López.
La atención domiciliaria, bajo presión por las restricciones migratorias
Los inmigrantes, como López, representan el 33% de esta fuerza laboral en Estados Unidos, según PHI, una organización nacional sin fines de lucro que aboga por mejorar las condiciones de estos empleos.
Jake McDonald, especialista sénior en incidencia en políticas públicas, dijo que la cifra probablemente sea mayor, ya que algunos inmigrantes indocumentados podrían no estar contabilizados. Ella señaló que los inmigrantes tienen más probabilidades de permanecer en el sector de cuidados a largo plazo que los trabajadores nacidos en Estados Unidos. Esto podría deberse a que tienen menos oportunidades laborales debido a barreras económicas, educativas o lingüísticas.
“Con frecuencia, los inmigrantes también provienen de culturas en las que se da mayor importancia a la responsabilidad de cuidar a otros”, dijo McDonald. “Tienen un impacto muy importante en algunos aspectos clave: la estabilidad, la continuidad y también la calidad de los cuidados, todos ellos fundamentales para que las personas tengan buenos resultados de salud”.
También hay otros beneficios: pueden atender las distintas necesidades de una población diversa con sensibilidad cultural, incluidas las de las comunidades de habla hispana en Nevada.
“Cuando se toman en cuenta factores como su experiencia en el cuidado de otras personas, su capacidad para hablar varios idiomas y las licencias y certificaciones de mayor nivel que obtuvieron en otros países pero que no son reconocidas aquí, estamos hablando de personas que brindan una atención de muy buena calidad y que, además, pueden adaptarse a la diversidad de quienes la reciben”, dijo McDonald.
Pero esta fuerza laboral está en riesgo. Las drásticas medidas de control migratorio de la administración Trump han dejado sin empleo a trabajadores, principalmente a quienes cuentan con el Estatus de Protección Temporal (TPS). A esto se han sumado el aumento de las deportaciones, la suspensión de visas y el incremento de las tarifas de trámites migratorios.
Los ciudadanos estadounidenses no se apresuran a cubrir esas vacantes. Nevada, uno de los estados donde la población envejece con mayor rapidez, necesitará casi 10.800 asistentes de cuidado personal adicionales para atender a personas de 65 años o más para 2040, según el Kenny Guinn Center for Policy Priorities, un centro de investigación no partidista.
Jeanne Batalova, analista sénior de políticas del Migration Policy Institute, dijo que los cambios en las políticas migratorias restringen la entrada al país de futuros trabajadores y dificultan que los inmigrantes mantengan sus empleos, ya que la confusión entre los empleadores genera dudas a la hora de contratarlos.
“En lugar de trabajar ilegalmente en el hogar de alguien, podrían haber trabajado a través de una agencia, lo que habría significado mejores condiciones para ellos y una mayor supervisión de la atención que recibe el cliente”, dijo Batalova. “Veo esto como una paradoja: las tendencias demográficas deberían exigir un tipo de respuesta y, sin embargo, las políticas migratorias se centran exclusivamente en restringir el acceso sin ofrecer una alternativa”.
Otros países están buscando soluciones. Por ejemplo, Canadá cuenta con un programa piloto que ofrece a los cuidadores una vía para obtener la residencia permanente, aunque actualmente está suspendido mientras el país resuelve la acumulación de miles de solicitudes.
Un gato bilingüe une a dos desconocidas
López, residente legal, no estaba preocupada por su futuro en el país, pero entiende cómo podrían sentirse otros inmigrantes.
“Mi hija me dijo: ‘Mamá, estoy preocupada por ti con esta administración’, y yo le dije: ‘No te preocupes’. Lo que quiero que la gente sepa de mí es simplemente que estoy aquí para servir”, dijo López.
Antes de que López llegara a la vida de Wohlman y se convirtiera más en una amiga cercana que en una cuidadora, Wohlman tenía posturas más duras sobre los inmigrantes. La experiencia cambió su perspectiva.
“Yo era muy firme al respecto, pero ahora lo entiendo”, dijo Wohlman. “Ella ha estado aquí muchos años; quizá no sea ciudadana, pero para mí es estadounidense”.
Para Wohlman, tener una cuidadora inmigrante significó compartir comida, idioma y cultura. López pedía un cubo de pollo en KFC y Wohlman probó el flan por primera vez. Y, lo más importante, compartieron a White Socks, su gato bilingüe, que López le regaló a Wohlman, junto con su “casita”, o árbol para gatos.
Esta historia fue publicada con el apoyo de la beca de periodismo de salud del Journalism & Women Symposium, financiada por The Commonwealth Fund.